Aunque el entorno haya cambiado, desde un punto de vista evolutivo, nuestro cerebro no es tan diferente al de nuestros predecesores cazadores-recolectores.
El entorno es diferente sí, pero seguimos teniendo una arquitectura cerebral diseñada para sobrevivir en pequeños grupos, cooperar y descansar al ritmo del sol. Preparados para reaccionar ante amenazas físicas y poseedores de un maravilloso aparato locomotor perfectamente sincronizado, diseñado para moverse.
Pero estar constantemente bajo el bombardeo de likes, nos genera una lucha entre la aceptación o la exclusión. Sumado a la incesante carga de la productividad sometida al juicio de la perfección, nos mantiene en modo alerta. El sistema límbico, en especial nuestra amígdala, sigue interpretando la falta de validación social como una amenaza real. Ya no corremos para sobrevivir, pero sin embargo seguimos huyendo. Hemos cambiado a los depredadores por las notificaciones y a la tribu por los seguidores.
La neurociencia lo llama mismatch evolutivo. Esto es que nuestro cerebro sigue usando programas de un mundo que ya no existe para gestionar una realidad completamente nueva. Nuestro sistema nervioso vive secuestrado por la sobrestimulación y eso hace que nos encontremos cognitivamente saturados y emocionalmente drenados.
Estos extremos modernos nos anclan a la cultura dopaminérgica dónde todo lo queremos ya, obvio con el mínimo esfuerzo y el máximo estímulo. Incluso el autocuidado se ha convertido en tendencia. Y no me malinterpretes, está bien que se haya puesto de moda el cuidarse y el culto al cuerpo pero pocos se atreven a desafiarse de verdad, a adquirir un verdadero compromiso, un verdadero hábito. El cuerpo se convierte más en un escaparate que en una experiencia viva.
Es un hecho que el cerebro necesita retos para crecer. Necesitamos euestrés (estrés positivo) en nuestras vidas. Y una forma de conseguirlo es mediante el entrenamiento físico con regularidad, la meditación o los hábitos disciplinados, ya que éstos fortalecen la plasticidad sináptica. Estos tres caminos diferentes tienen una meta común: autorregular el sistema nervioso y hacer que nos expresemos mejor biológicamente.
La próxima vez que busques la comodidad en aquello que hagas, acuérdate de esta frase para salir de ella: no evitas el sufrimiento, sino el crecimiento. Si no hay incomodidad, no hay aprendizaje ni resiliencia. Para alcanzar el bienestar real no basta con cuidarse, sino que debemos transformarnos.
A nivel epigenético, la meditación, el entrenamiento y la nutrición actúan como códigos, y la buena noticia es que lo que practicamos nos reprograma. El cuerpo no lee lo que le decimos que queremos, sino lo que practicamos cada día.
Quizás el camino a nuestro hábitat ideal sea más simple de lo que creemos y la clave esté en volver al origen. OJO, volver al origen no es retroceder ni se trata de volver a las cavernas, sino de recuperar la coherencia. Seguir el ritmo natural de la vida adaptando nuestro cerebro antiguo al mundo moderno sin olvidarnos que seguimos siendo animales sensibles, con un cuerpo conectado al cerebro y al entorno, con instinto y necesidad de tribu.
La evolución no solo debería de ser tecnológica, sino también consciente. Y tal vez el gran desafío del siglo XXI no sea programar máquinas intelingentísimas que nos sustituyan o conquistar el universo, sino reaprender a habitarlo volviendo a ser parte de él, sin perdernos en el camino.
Y tu, ¿estás dispuesto a unirte al desafío?

Deja un comentario